domingo, 26 de agosto de 2007

Quiero ser un niño


De esta manera supe una segunda cosa muy importante: su planeta de origen era apenas más grande que una casa.


Esto no podía asombrarme mucho. Sabía muy bien que aparte de los grandes planetas como la Tierra, Júpiter, Marte, Venus, a los cuales se les ha dado nombre, existen otros centenares de ellos tan pequeños a veces, que es difícil distinguirlos aun con la ayuda del telescopio. Cuando un astrónomo descubre uno de estos planetas, le da por nombre un número. Le llama, por ejemplo, "el asteroide 3251".


Tengo poderosas razones para creer que el planeta del cual venía el principito era el asteroide B 612. Este asteroide ha sido visto sólo una vez con el telescopio en 1909, por un astrónomo turco.
Este astrónomo hizo una gran demostración de su descubrimiento en un congreso Internacional de Astronomía. Pero nadie le creyó a causa de su manera de vestir. Las personas grandes son así.


Felizmente para la reputación del asteroide B 612, un dictador turco impuso a su pueblo, bajo pena de muerte, el vestido a la europea. Entonces el astrónomo volvió a dar cuenta de su descubrimiento en 1920 y como lucía un traje muy elegante, todo el mundo aceptó su demostración.


Si les he contado de todos estos detalles sobre el asteroide B 612 y hasta les he confiado su número, es por consideración a las personas mayores. A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: "¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?" Pero en cambio preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?" Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las personas mayores: "He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado", jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: "He visto una casa que vale cien mil pesos". Entonces exclaman entusiasmados: "¡Oh, qué preciosa es!"


De tal manera, si les decimos: "La prueba de que el principito ha existido está en que era un muchachito encantador, que reía y quería un cordero. Querer un cordero es prueba de que se existe", las personas mayores se encogerán de hombros y nos dirán que somos unos niños. Pero si les decimos: "el planeta de donde venía el principito era el asteroide B 612", quedarán convencidas y no se preocuparán de hacer más preguntas. Son así. No hay por qué guardarles rencor. Los niños deben ser muy indulgentes con las personas mayores.


Obviamente, esto es un fragmento de El Principito, de Antoine Saint-Exupéry, un pequeño cuento que, por no caer en el tópico de decir que todo el mundo debería leerlo, diré que todo el mundo debería estar leyéndolo continuamente.


He estado dándole vueltas a este fragmento en particular: ¿realmente es bueno crecer, hacernos adultos, “ser mayores”? Lo que asociamos a la madurez es muchas veces la pérdida de la inocencia, y eso es algo terrible. Si leo estas líneas dentro de muchos años no me gustaría haberme convertido en un gruñón que no hace más que preocuparse por el trabajo, sino darme cuenta de que he seguido viviendo según lo que pensaba cuando tenía 20 años.


A veces me sorprendo a mí mismo mirando a un niño de 4 años y diciéndole a la persona que tenga al lado: “de mayor quiero ser como él”. ¡Pero es cierto! La mentalidad “adulta” (disculpadme por llamarla así, sé que es una generalización poco correcta) pensaría que quiero pasarme el día vagueando, durmiendo y esperando a que me sirviesen la comida. Sin embargo, yo en ese niño veo felicidad, veo ilusión en las cosas más pequeñas (un coche de juguete y un poco de tierra son capaces de hacer maravillas en una tarde de verano) y una forma de entregar su cariño a los demás indiscriminadamente que me conmueve.


Imaginad llegarle a un hombre trajeado y decirle “Hola” por la calle. Como máximo os mirará sorprendido y devolverá el saludo. Pero el otro día le dije hola a un niño de 4 ó 5 años que había jugando en un parque y me sonrió y me dijo: “estoy jugando con el camión” y acto seguido me tendió su juguete para que lo viese. Esa es la actitud a la que me refiero cuando digo que todos deberíamos ser niños.


Ojalá fuésemos capaces de dejar de lado nuestros prejuicios y entregarnos a la felicidad del mismo modo que estos pequeñajos.


Sé lo que estáis pensando: al crecer vas teniendo cada vez más responsabilidades, se supone que debes comportarte de forma distinta, tienes cosas urgentes que hacer antes de ponerte a hacer el vago tirado en el césped. Cometemos un gran error: no siempre lo urgente es lo importante. De acuerdo en que hay que trabajar, pagar una hipoteca, un coche… pero ¿dónde guardamos el tiempo para lo importante? Me encanta ver a matrimonios paseando juntos por la calle sin que esto sea porque tengan que ir a algún sitio, sino por el simple hecho de disfrutar el uno de la compañía del otro. ¿El cine es para adolescentes? ¿El parque para los niños? ¿El amor es para los jóvenes…? Por favor, no quiero pensar eso jamás.


Supongo que esto no es más que un pequeño tirón de orejas para el Jaime del futuro, para que nunca desoiga las ideas de nadie, por mucho que ese alguien vaya vestido de payaso o de mendigo, para que no se le ocurra olvidar sonreír, para que disfrute de una puesta de sol como si fuera la primera que ve, para que siga yendo al cine, jugando al baloncesto y yendo a cenar al “McDonald’s”. Y, por encima de todo, para que recuerde que el amor no es sólo para los 20 años, que cuando sea viejito y crea no tener nada, el amor seguirá siendo un motivo para sonreír: el motivo más importante de todos.



QUE TODOS SEAMOS NIÑOS, POR MUCHAS CANAS QUE NOS SALGAN